Taller literario el baile de los niños.

Wednesday, July 18, 2007

Cómo diseñar la carátula de un disco y sucumbir ante su melodía


Cómo diseñar la carátula de un disco y sucumbir ante su melodía
Por: Juan Alvarado

"El mismo viento que puede apagar el fuego,
puede encender la brasa que agoniza"

- Skay Beilinson-

Conseguirás una pizarra magnética, para -con mucho cuidado- tallar encima la ventana por donde adentrarás todo.
Una vez que lo lograste, con la fuerza del plumón de tu alma, deberás dibujar en soledad los pasos que entregarás mientras avanzas. Sin contar las sensaciones, estarás rodeado de árboles azules y la bienvenida de la neblina como objetivo por iluminar.
¿Vuelas? ¿te sientes cómodo?
Podrás seguir entonces, sabiendo que el sonido que quieres perpetuar, significa lo contrario de lo buscas al caminar.
Escucharás el latido permanente y todo lo anterior no habrá sido más que la introducción del cuadro que dejaste olvidado en el silencio amniótico.
No podrás sucumbir ante la melodía sin el vacío silente.
Por ello, trazarás tu propio bosque con ardillas. Serán miles los ojos de nuez que impulsarán tu enseguida.
Cortarás tu corazón. Mientras, lo observarás pirateado en todo lo que no estará a tu alcance, corcheteando como pétalos tu esencia diluida para ese riachuelo donde embarcarás el viejo horizonte.
Al irrumpir en la nieve, creerás derretir tu pasar: la vida será una carátula de mica sin barreras para la tristeza de la risa. Esa carcajada espiritual es una roja manzana que destella a un costado. Entonces, te sentarás frente a ella y meditarás el porqué de su rojo, brillo y sabor. Trasunta tan líquida como la sangre; todo lo que se derrumba en lo externo de los ciclos.
Tomarás la fruta y la fragmentarás todo lo que puedas. Estos destellos, los enterrarás bajo la tierra en donde nace la montaña. La escalarás también, sin pausas ni agotamiento; llegarás tan alto como las almas de los muertos. Y ellos te dirán que cojas un puñado de la nube naranja; absorbiendo el oxígeno primigenio, trascendiéndote hasta donde has llegado.
¿Escuchaste como suena cuando dejaste de oír?

generaciones de niños-llantos Por: Francisca Muñoz.-

III
así es como sucede en lo cercano de las costumbres, la lejanía de los versos. La ausencia de la actitud está asfixiada por el desgarro que han ocasionado a nuestra tierra los hombres del mañana. El brillante de sus manos que construye un áspero encanto compra a bajo precio la esperanza para instalar abrumadora la miseria que espera a las generaciones de niños-llanto. Así, degradan, torturan y asesinan. Esconden los cuerpos inertes en casas normales, con gente normal que se asusta con la oscuridad y construye dioses que les protejan, que les calmen y les ayuden a curar esta herida que se profundiza cuando crece la confianza.



IV
Dime como es que lucen las aves al amanecer cuando frotan su cuerpo para limpiar y sacar las indolencias que cargan en su vuelo. Cuéntame cómo se veían esa mañana en que caminaste sólo por la niebla sin poder ver claramente el objetivo, cómo se hielan los pies con el frío de los cuerpos taciturnos que alfombran esta tierra. Yo vivo en los árboles, entre sus ramas. Quizá para entender desde lejos, lo que me pasa, lo que nos pasa. Las heridas que ocasionan cada una de sus hojas sobre mi piel son las muestras de este infarto que suponemos es vida; un espacio para construir utopías pasadas, perdidas y grabadas en gran muro que divide posible de imposible. ¿y qué es lo que esperamos tanto? ¿un fornido golpe que nos indique qué? La paciencia es sólo eso, una subjetividad construida en todos para mantenernos quietos.








generaciones de niños-llantos Por: Francisca Muñoz.-

Sunday, July 15, 2007

El anonimato de las bestias por: Carolina Vega .-


El anonimato de las bestias
Por: Carolina Vega .-

El sin saber jamás ha sido para las bestias.
Sacuden su cuerpo sin definir.

Su paso lento acentúa la abundancia de la jauría, precedida por una única hembra que escapa sigilosamente encantada mientras la vulva se le hincha.

Juegan a olerse los lugares más impúdicos sin siquiera tentar al miedo palabreado o silencioso que los acecha.
Jadean.

Jadean torciéndose y un serpenteo de lenguas enlaza el recorrido fatal de sus intentos fallidos por poseerse. Será para algunos la iniciación a un flirteo receloso de la carne; figura y sombra del placer que los corroe.

Están temblando de miedo, arropados en la multiplicidad de sexos y cuellos y orejas y acoples que estorban, pues la fidelidad está prohibida esta noche.
Se abrazan.

Cercan huellas indiferentes de la urgencia.
Se acarician torpemente dando jirones o escupitajos que humedecen el desvío de su ambigüedad.
No se sabe si están sonriendo u ocultando moretones colectivos entre los dientes.

Están bautizándose como una masa homogénea hundida en sus recovecos mal olientes. Diríamos intervención mezquina de sus entrañas. El movimiento se detiene mientras se apoderan del lugar para manosear a ciegas aquello que el instinto les supera. Entonces, sus caricias se alzan como puñaladas al funcionamiento grupal de sus alientos sin alimentar.

Jadean arrancándose los ojos; encajados a feroces uñas del despiste. Su señuelo descansa enmarcado en la marginalidad que los desmonta.

Se miran atravesados por un sol invertebrado como ronroneo o gemir o latido de voz susurrada al oído y el lóbulo que muerden.
Compiten entre ellos por un desenfado reflejo en la ventana.

La cama - calle se les hunde y endurece, amalgamándose a las fibras cutáneas que se crispan. Sin embargo son porfiados, como pupilas salientes y un gruñido cercena su pequeño territorio mientras la perra se echa sobre sí con la cola medio desviada.
Babean.

Asisten a la humedad de sus espasmos hasta que la carne rosácea escapa de sus vértices y no hay forma de evitar esa orfandad determinada por el flagelo de su nomadía.
La montan.

Debajo, la tierra se acomoda a la forma de sus patas traseras. Hay un enredo de pelos carcomiéndoles el abandono; dibujándose por primera vez en el espacio poblado de la ciudad.

Se hacen visibles mientras el sin saber avanza como un reproche filudo sobre sus cueros y la baba traslúcida que lubrica el resto de los demás delirios.

Ahora el frío no importa.
Retazos de invierno abarcan sus mordeduras.
Podría haber sido a oscuras y evitar el escenario lamido de sus extremidades.

No obstante, la clandestinidad les guarda el anonimato de decirse; de buscarse en el lugar equivocado para no amar.